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ANÁLISIS

Oña: Vaca Muerta vs. importaciones. Montamat: Acuerdo abre el debate

Petróleo bueno y petróleo malo o Vaca Muerta vs. importaciones

ENERNEWS/Clarín

ALCADIO OÑA

No parece muy normal que la misma noticia sea a la vez una buena noticia y otra no tan buena. La noticia que aquí divide aguas está en el repunte del precio internacional del petróleo.

Es buena en un punto, porque mejora la ecuación económica de Vaca Muerta y así vuelve más atractivas inversiones que necesariamente deben ser cuantiosas. Y deja de serlo en otro, no bien la subida empieza a pegarle a las cuentas externas y fiscales de un país harto dependiente de las importaciones energéticas.

Según algunos especialistas, cuando la cotización del crudo orilla o supera los 60 dólares el barril crece el rédito de la plata puesta en explorar y explotar el enorme reservorio de petróleo y gas no convencionales. Aún con fluctuaciones, hoy vale cerca de 53 o de 55 dólares según los tipos y toca 58 en el mercado de futuros, contra los 45 dólares promedio de 2015.

Como nada es definitivamente estático, la ecuación económica de Vaca Muerta varía de acuerdo a otros parámetros que también cuentan, y mucho, en este negocio. Detrás de todo corre la búsqueda de acrecentar la productividad que es una manera de empujar la renta.

Invertir en cantidad y todo el tiempo es un punto central, lo cual equivale perforar pozos, cerrar algunos y tentar con otros nuevos. Hasta dar con sitios de fuertes rendimientos productivos.

 

Son los los llamados “lugares dulces”, justamente porque allí abundan los recursos. Entonces bajan los costos, mejora la ecuación económica y pierde peso el vínculo con el precio internacional del petróleo.

Aunque todo es bastante más complejo y se cruzan diversos modelos de explotación para llegar a la veta, un caso paradigmático es el de Estados Unidos, ya camino de convertirse en la mayor potencia energética mundial gracias a los desarrollos no convencionales.

Por ese camino avanza la locomotora china, apurada como está por la feroz contaminación del aire que provoca la súper explotación del carbón. De ahí vienen las escenas de multitudes que llevan barbijos para protegerse.

Ya han empezado a saltar a la vista, aquí, los esfuerzos que el Gobierno pone para crear un marco propicio a las inversiones, con todas las garantías del caso; empezando por un premio mínimo y la libertad para repatriar capitales. El más reciente y conocido de esos pasos es el acuerdo con los petroleros que gravitan en Vaca Muerta, cuya traducción directa se llama reducir los costos laborales.

Hablar de inversiones es hablar de un volumen muchísimo mayor al que supuestamente comprometió Chevron, bajo un contrato con YPF todavía rodeado por una nube de sospechas que la propia Justicia investiga. De arranque, el objetivo de la petrolera norteamericana luce semejante al de asegurarse una posición en el negocio.

Si efectivamente se llegasen a concretar los US$ 5.000 millones anunciados para este año, no serían mucho más que una gota en el mar de dólares que son necesarios para sacar una buena cantidad del petróleo, y sobre todo del gas, que guarda Vaca Muerta.

Para que se entienda mejor: los expertos dicen US$ 10.000 millones anuales a lo largo de unas tres décadas. Pero incluso con el acelerador a fondo, estiman que recién en 7 u 8 años la Argentina podría equilibrar la cuenta energética.

Dicho de otra manera, aunque sea en cantidades decrecientes el país deberá seguir importando gas y combustibles para sostener el abastecimiento de energía, que es igual a preservar el corazón que anima toda la actividad económica.

Aquí entra a jugar el lado menos bueno del aumento en el precio internacional del petróleo. La Argentina no precisa expresamente petróleo, solo que aquello que sí precisa baila al compás del precio del petróleo.

Cuando el crudo sube, de hecho arrastra al valor del gas natural así más no sea porque mueve a la cotización del gasoil. Y como también es necesario traer gasoil de afuera, queda claro que sin el aporte de ambos habría centrales térmicas que se empantanarían.

La tercera pata que mantiene la estructura, igualmente clave, es la compra de gas licuado, que viene en barco y transformado en gas natural se lo inyecta a la red.

En tiempos cuando la economía anda más o menos bien, el combo completo llega a representar alrededor del 30% del consumo interno. Dependencia pura del exterior que supo amasarse en los años del kirchnerismo.

¿Y de qué estamos hablando hoy? En principio, algunos analistas calculan que el costo de los productos energéticas se ubicaría cerca de un 20% por encima del promedio de 2016. El del gasoil subiría 15% y 18% el del gas licuado. O sea, toda la factura de hidrocarburos imprescindibles apuntaría hacia arriba.

Durante un año de cierto crecimiento económico y de baja en las cotizaciones, como fue 2015, las importaciones energéticas sumaron US$ 7.000 millones. Y pese a los incrementos en las tarifas de gas y electricidad, en 2016 los subsidios energéticos pasaron de largo los $ 150.000 millones.

Los datos son una medida del cuál puede ser el escenario financiero y el fiscal con el petróleo en trepada. Es la noticia no tan buena, frente a la buena que eso mismo implica en la ecuación de Vaca Muerta.

El acuerdo petrolero abre el debate que nos debemos

CLARÍN

DANIEL MONTAMAT*

 La palabra “productividad” tiene mala prensa porque se la asocia con procesos de reingeniería organizativa para reducir mano de obra. Sin embargo, la riqueza de una nación y la calidad del empleo dependen del crecimiento sistemático de su productividad global. Los países que mejor remuneran a sus maestros, policías y enfermeras son aquellos que pueden exhibir sectores con alta productividad relativa comparada.

La productividad total de los factores (del capital y del trabajo) combina tecnologías duras y blandas para que la innovación agregue más y más valor a la materia prima. Y en la incorporación de valor surgen más y mejores empleos. Pocos sectores en la Argentina hablan de productividad local y comparada. La inestabilidad macro y las cíclicas explosiones de las cuentas públicas y externas, postergan el debate microeconómico sine die, o lo fuerzan con retrasos cambiarios recurrentes que se hacen insostenibles en el tiempo. La excepción la dan nuestros chacareros.

El productor agropecuario vive comparando sus rendimientos productivos con los de su vecino, los de otras regiones, e incluso con los que están al tope de un benchmarking internacional. Son esas comparaciones las que han habilitado nuevas tecnologías que colocan la productividad agropecuaria argentina (tranqueras adentro) entre las más altas del mundo.

Pues bien, ahora se empieza a hablar de productividad en un nicho especial de la industria petrolera argentina donde se aplica una nueva tecnología de producción para explotar gas y petróleo entrampado en la roca madre. La revolución del shale (petróleo y gas de esquisto) empezó en Estados Unidos y ha tenido resultados sorprendentes.

En pocos años Estados Unidos logró el autoabastecimiento en gas natural y aumentó en más de 4 millones de barriles día su producción petrolera (antes importaba alrededor de 11 millones de barriles día y ahora redujo su importación de petróleo a 7 millones de barriles día). Estados Unidos hizo las inversiones y recorrió la curva de aprendizaje cuando el barril promediaba los 100 dólares y cuando nuestra política energética había decidido disociarnos de las referencias internacionales de precio.

La baja de precios que produjo la irrupción de la nueva oferta y la resistencia de la OPEP a hacer recortes productivos, impactó en una caída de precios del petróleo y resintió la actividad del shale en el país del Norte. La nueva tecnología tiene costos altos y la industria petrolera siempre plantea su negocio y sus decisiones de inversión en función de la existencia de renta petrolera (diferencia entre precios y costos) y su reparto. Con precios más bajos la nueva tecnología respondió con mayor productividad y menores costos. La revolución del shale llegó para quedarse y ha transformado la geopolítica del petróleo. Ahora son los productores americanos con esta nueva forma de explotación que se asemeja a la “minería petrolera” los que tienen la llave para establecer topes a los precios del crudo en el mundo.

En Estados Unidos, las perforaciones para explotar recursos no convencionales se cuentan de a miles, y entre nosotros de a cientos. Pero la noticia es que la Argentina es el otro país del mundo donde la tecnología del shale recorre su curva de aprendizaje y donde la existencia de recursos no convencionales nos coloca en los primeros lugares del mundo (segundo en gas natural, cuarto en petróleo).

Entre gas y petróleo tenemos 170.000 millones de barriles de petróleo equivalente (bpe) de reservas técnicamente recuperables (143 mil de gas y 27 mil de petróleo). Las reservas probadas, que casi agotamos con el cortoplacismo energético de los últimos años son de 4.500 millones de bpe. Vaca Muerta, a la vanguardia del desarrollo no convencional, tiene recursos de 70.000 bpe (16.200 de petróleo y 53.800 de gas). Sólo el desarrollo de una parte de los recursos de Vaca Muerta puede devolvernos a horizontes de abundancia energética y precios competitivos.

Pero transformar esa riqueza potencial en riqueza productiva requiere ingentes inversiones, miles de millones de dólares por año. Como vamos a ser tomadores de precios del mercado internacional, el desarrollo de esos recursos que es caro, depende de la productividad y los costos. De la productividad laboral y de la productividad del capital. Costos que habiliten el debate de la renta, su apropiación y distribución. La importancia del acuerdo suscripto entre el Gobierno, las empresas petroleras y los representantes de los trabajadores es que se instala en la industria petrolera el tema de la productividad asociada a una nueva tecnología de producción con el foco de potenciar inversiones y generar más empleo.

La productividad en Vaca Muerta y en los no convencionales habilitará el debate de la productividad en otras áreas y en otros yacimientos. Guiados por las referencias de costos y productividad comparados de explotaciones en otros países podremos demostrarles a potenciales nuevos inversores que la Argentina se pone a la vanguardia de esta nueva tecnología de producción. Con acuerdos de productividad y mecanismos que den previsibilidad a la apropiación y distribución de la renta, la industria petrolera empieza a recuperar el liderazgo en la estrategia de desarrollo de la Argentina.

*Ex Secretario de Energía. Autor del libro: Energía. De rehén del corto plazo a estrategia de desarrollo

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